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GRAFFITIS EN MADRID

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EN NUESTRAS MANOS



"Para la eternidad siempre habrá tiempo,

la eternidad espera


con un obsceno grito de indiferencia


todas las veces

¡la tierra!


no hemos perdido la memoria,

el fuego que arrasó."



en "Todos Hablan"

ESCUCHAR A T. S. Eliot "The Love Song of J. Alfred Prufrock"

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jueves, 25 de junio de 2009

Reinaldo Arenas, CELESTINO ANTES DEL ALBA (FRAGMENTO) - Prima che sia notte (FRAGMENTO)






CELESTINO ANTES DEL ALBA

Reinaldo Arenas

(Fragmento)












De nuevo volvieron los relámpagos. Mi madre cruzó corriendo la nieve y me abrazó muy fuerte. Y me dijo «hijo». Y me dijo «hijo». Yo le sonreí a mi madre, y luego, de un salto, le abracé el cuello. Y los dos comenzamos a bailar sobre la tierra vestida toda de blanco.


En eso los ruidos de las gentes que cantaban y alborotaban en la casa se nos fueron haciendo más cercanos: venían hasta nosotros con un lechón asado en púa y sin dejar de cantar. Todos los primos nos hicieron un coro y comenzaron a darnos vueltas. Mamá me levantó muy alto. Lo más alto que pudieron sus brazos. Y yo vi desde arriba cómo el cielo se iba poniendo más morado, y un aguacero más grande y más blanco que el que había caído comenzaba a zafarse de las nubes. Entonces yo me solté de los brazos de mi madre y corrí hacia donde estaban mis primos, y allí, todos comenzaron a dar unos saltos altísimos sobre la nieve y a cantar y a cantar y a cantar, mientras nos íbamos poniendo transparentes, tan transparentes como el suelo donde no quedaban garabateados nuestros brincos. Por un momento se escuchó un relampaguear muy fuerte. Vi al rayo derritiendo toda la nieve en menos de un segundo. Y antes de dar un grito y cerrar los ojos me vi a mí: caminando por sobre un fanguero y vi a Celestino escribiendo poesías sobre las durísimas cáscaras de los troncos de anones. Mi abuelo salió, con un hacha, de la cocina y empezó a tumbar todos los árboles donde Celestino había escrito aunque fuera solamente una palabra.



* * *


A medida que el frescor va cogiendo toda mi garganta me voy dando cuenta de que mi madre no es mala. La veo así, enorme sobre mí, y se me parece a un tronco de úpito, de esos que la gente coge para amarrar las bestias. Sin darse cuenta nunca que el úpito se ha ido secando de tantas amarras y sogazos que lo han cruzado.


Mi madre se va volviendo hermosa. ¡Qué hermosa! Qué linda con su falda de saco y la blusa grande que le robó a Eulogia. Yo quiero a mi madre y yo sé que ella es buena y me quiere. Yo nunca he visto a mi madre. Pero siempre me la imagino así como ahora: llorando y acariciándome el cuello en un no sé qué tipo de cosquilleo fresco y agradable.


Debo imaginarla de esa forma y no de la otra.

-¡Desgraciado muchacho! ¡Si yo lo que debía hacer era ahorcarme ahora mismo!

Tengo deseos de levantarme y abrazarla. De pedirle perdón y llevármela lejos donde ni abuela ni abuelo nos mortifiquen. Tengo deseos de decirle: «Madre mía, madre mía, ¡qué bonita estás hoy con tantas campanillas en el pelo! Te pareces a una de esas mujeres que solamente salen en las postales de Navidad. Vámonos de aquí ahora mismo. Recojamos las cosas y larguémonos ya. No estemos ni un segundo más en esta casa horrible, que se parece al fondo de un caldero. Vámonos ahora, antes de que el condenado de abuelo se despierte y nos haga levantar para que ordeñemos las vacas.

«Vámonos ahora mismo porque de día no podremos salir».

-¡Madre mía! ¡Madre mía!...

Y no dije más nada. Lo que tenía pensado se me hizo un rollo en la garganta. Chocó con la punta de la garrocha que ya me traspasaba. Y no salió por la boca. Por un momento mi madre se quedó paralizada: escuchándome. Todo el sao sabe que yo le he dicho madre mía. Todo el cerro también lo sabe y ahora lo repite lo repite lo repite en un no sé qué tipo de eco casi tan cercano como mi propia voz.

Mamá se queda lela. Me saca la garrocha del cuello. La tira sobre la yerba. Se lleva las manos a la cara y da un grito enorme.
Enorme.
Enorme.
Enorme.

Y echa a volar, cruzando ya el mayal viejo y entrando en la casa por los huecos tan grandes que yo he abierto en el techo con mis subidas y bajadas, buscando los pichones de totises o reuniéndome con mis primos muertos.

Yo no sé qué hacer. El cuello me arde mucho. Me paso la mano por él y resulta que no tengo nada. Ni un rasguño siquiera. Las hormigas bravas me han comido toda la espalda y los abujes ya empiezan a treparme por la cara. Mi madre ha desaparecido y es casi ya de noche. Si pudiera llegar a la casa sin que nadie me viera y sin que ella me empezara de nuevo a jurgar con la garrocha, o abuela me echase un poco de agua caliente en el lomo.

-Sí, puedes. Esta noche sí puedes -me dice una bandada de totises, que pasan volando muy alto y todos en filas, uno tras el otro. Pero, ¡cómo es posible que esos totises me hayan hablado! No lo creo. Vuelvo a mirar al cielo y la línea negra de sus alas es recta y perfecta: el viaje de los pájaros ha continuado y ya yo nunca podré saber la verdad.



* * *


¡Sí que este lugar tiene cosas muy lindas! Y la misma gente no es tan fea como dicen. Mi propia madre, que algunas veces se porta tan furiosa, hay algunos momentos en que parece distinta... Y todavía me acuerdo que un día, cuando yo venía del pozo con las dos latas de agua al hombro, ya casi llegando a la casa, di un resbalón y me caí. Entonces me entró una tristeza tan grande que lo único que pude hacer fue revolcarme contra el charco de fango que se había hecho en el suelo, y empezar a llorar. Y mi madre, que me estaba mirando desde la puerta de la cocina, vino caminando hasta mí y yo me dije:


«Ahora seguro que me cae a trompadas». Pero no lo hizo. Sino que se agachó sobre el fanguero y me pasó la mano por sobre la cabeza muy despacio como si quisiera alisarme el pelo que siempre lo tengo tan revuelto, que abuelo dice que parezco una escoba al revés. Yo me quedé muy sorprendido. Miré a mi madre, y, no sé, porque todavía era muy temprano y había mucha neblina, pero me pareció como si estuviera llorando... Desde entonces, cuando me caigo con las latas de agua en mitad del patio, me quedo muy tranquilo, esperándola. Aunque algunas veces me equivoco y en vez de pasarme la mano por la cabeza lo que me pasa es un garrote. Pero de todos modos ya yo no podré sacármela de la memoria así corrió así. Y siempre me la imagino agachada junto a mí en el fanguero y pasándome la mano por la cabeza, mientras sus ojos comienzan a brillar y a brillar a través de la neblina enorme que cubre todos estos lugares por las mañanas...


Eso es otra de las cosas que me gusta de este barrio: la neblina. Tan blanca... Estirar las manos y no vérselas casi... Y si me las veo, me las veo tan blancas que no parece que fuesen mis manos... El mismo abuelo, que está tan negro de tanto sol que aguanta, cuando es de mañana yo lo veo caminar por el potrero y parece un poco gigante, de lo blanco que se ve detrás de la neblina. Por eso yo todas las mañanas me levanto bien temprano y me vengo para acá y me subo hasta lo más alto del potrero, donde están las matas de mango, y me quedo horas y horas embelesado, mirando qué linda se ve la casa llena de neblinas, pues es casi como una casa de esas de cuentos. De esas que solamente salen en los libros como el que traía Celestino el día en que apareció por primera vez en la casa, asustado, y del brazo de su madre muerta... Y hasta que el sol no está así de grande y empieza entonces a achicharrarlo a uno, las cosas no dejan de verse bonitas. Es una lástima, a la verdad, que no se pueda vivir siempre entre este neblinal, porque así las cosas serían diferentes siempre y mi abuelo fuera siempre un viejito muy blanco. Alegre y húmedo. Caminando por sobre la yerba también blanca. Y la casa si nunca saliera el sol fuera también una casa de cuentos como la de la portada del libro de Celestino, y quién sabe si hasta mi madre, en vez de darme un janazo de vez en cuando, lo que hiciera siempre fuera pasarme la mano por la cabeza, pues hay que tener en cuenta que el día en que lo hizo de verdad había mucha neblina...

Sí. Yo creo que es el sol, con este resplandor tan enorme, quien siempre tiene la culpa de que las cosas se pongan tan feas y de que la gente se enfurezca por cualquier bobería. Por eso es que tengo muchos deseos de que llegue ya el invierno. Aunque aquí es tan corto que pasa y casi ni nos damos cuenta. Pero que llegue, aunque sea por un día; para dejar caer de nuevo las latas de agua...

Es ya de medianoche. Posiblemente mañana sea un día de mucha neblina.






     *      *




 Prima che sia notte








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Reynaldo Arenas: «El mundo alucinante (fragmento)»





Reynaldo Arenas:

«El mundo alucinante»
(fragmento)




Paul Cezanne, TEl golfo de Marsella visto desde L´Estaque






El verano. Los pájaros derretidos en pleno vuelo, caen, como plomo hirviente, sobre las cabezas de los arriesgados transeúntes, matándolos al momento.

El verano. La isla, como un pez de metal alargado, centellea y lanza destellos y vapores ígneos que fulminan.

El verano. El mar ha comenzado a evaporarse, y una nube azulosa y candente cubre toda la ciudad.

El verano. La gente, dando voces estentóreas, corre hasta la laguna central, zambulléndose entre sus aguas caldeadas y empastándose con fango toda la piel, para que no se le desprenda el cuerpo.

El verano. Las mujeres, en el centro de la calle, empiezan a desnudarse, y echan a correr sobre los adoquines que sueltan chispas y espejean.

El verano. Yo, dentro del morro, brinco de un lado a otro. Me asomo entre la reja y miro al puerto hirviendo. Y me pongo a gritar que me lancen de cabeza al mar.

El verano. La fiebre del calor ha puesto de mala sangre a los carceleros que, molestos por mis gritos, entran a mi celda y me muelen a golpes. Pido a Dios que me conceda una prueba de su existencia mandándome la muerte. Pero dudo que me oiga. De estar Dios aquí se hubiera vuelto loco.

El verano. Las paredes de mi celda van cambiando de color, y de rosado pasan a rojo, y de rojo al rojo vino, y de rojo vino a negro brillante... el suelo empieza también a brillar como un espejo, y del techo se desprenden las primeras chispas. Solo dándole brincos me puedo sostener, pero en cuanto vuelvo a apoyar los pies siento que se me achicharran. Doy brincos. Doy brincos. Doy brincos.

El verano. Al fin el calor derrite los barrotes de mi celda, y salgo de este horno al rojo, dejando parte de mi cuerpo chamuscado entre los bordes de la ventana, donde el aceite derretido aun reverbera.


S DOS PUNTAS



Pero las revoluciones no se hacen en las cárceles, si bien es cierto que generalmente allí es donde se engendran. Se necesita tanta acumulación de odio, tantos golpes de cimitarra y redobles de bofetadas, para al fin iniciar este interminable y ascendente proceso de derrumbe.



S DOS PUNTAS




Las manos son lo mejor que indica el avance del tiempo.

Las manos, que antes de los veinte años empiezan a envejecer.

Las manos, que no se cansan de investigar ni darse por vencidas.

Las manos, que se alzan triunfantes y luego descienden derrotadas.

Las manos, que tocan las transparencias de la tierra.

Que se posan tímidas y breves.

Que no saben y presienten que no saben.

Que indican el límite del sueño.

Que planean la dimensión del futuro.

Estas manos, que conozco y sin embargo me confunden.

Estas manos, que me dijeron una vez: -tienta y escapa-.

Estas manos, que ya vuelven presurosas a la infancia.

Estas manos, que no se cansan de abofetear a las tinieblas.

Estas manos, que solamente han palpado cosas reales.

Estas manos, que ya casi no puedo dominar.

Estas manos, que la vejez ha vuelto de colores.

Estas manos, que marcan los límites del tiempo.

Que se levantan y de nuevo buscan el sitio.

Que señalan y quedan temblorosas.

Que saben que hay música aun entre sus dedos.

Estas manos, que ayudan ahora a sujetarse.

Estas manos, que se alargan y tocan el encuentro.

Estas manos, que me piden, cansadas, que ya muera.



















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